Ninfas



Corría, corría y no paraba. Sus pies descalzos se deslizaban suavemente sobre la tierra húmeda, abriéndose camino entre los oscuros y enormes arboles. Su pelo largo, ondulado y rubio volaba alrededor de su cintura al compas de su frenética carrera. El ciento comenzó a soplar con violencia cuando la bella mujer comenzó a entonar un canto. El canto de las ninfas.  De repente se detuvo a escasos metros de un gran árbol y se dio la vuelta. Su rostro era hermosísimo: sus ojos eran del color de la hierba fresca, con forma almendrada, su nariz recta, pequeña y perfecta, su mandíbula fina, ligeramente apretada, sus labios carnosos de un color rosa pálido, y su tez blanca le conferían una apariencia de porcelana. Elevo sus delgados brazos hacia el cielo y comenzó a cantar otra canción en voz más alta. Una fina lluvia cayó su alrededor mojándola. Las pequeñas gotas caían por su delicado vestido turquesa, y se pegaban a su delgado cuerpo. Bajo las manos despacio, pero la lluvia no ceso. Justo en el instante en el que sus manos tocaron su cintura otro canto igual de bello salió de su boca, pero en este caso no llovió con más fuerza, ni el viento azoto con más violencia, sino que un hermoso árbol salió de la tierra, y fue ascendiendo y ascendiendo, lentamente hacia las nubes. El árbol creció tanto que eclipsaron esa insistente llovizna. Era muy hermoso, sus flores eran de un precioso color rubí, algunas, y otras eran de color esmeralda, incluso había unas pocas pardas. Sus hojas eran enormes, y daba unos frutos que al parecer eran muy apetitosos. La ninfa callo otra vez. Y miro pausadamente ese árbol que acababa de crecer. Sonrió, y otra canción sobrevino a la anterior. Mientras cantaba esa bella canción cerró los ojos y elevo las manos hasta que quedaron a la altura de su ombligo. Unos pequeños puntos de luz salieron de sus manos y se fueron uniendo unas con otras, haciendo se cada vez mas grandes hasta que solo quedaron tres del tamaño de cocos maduros. Abrió los ojos y con fuerza estiro las manos. Esas pequeñas bolas de fuego se quedaron suspensas en el aire, debajo de una gran hoja para ampararse de la lluvia, pero sin tocarla mucho porque ardería. Y por ultimo esta bella ninfa canto otra sinfonía, pero esta vez no ocurrió nada, salvo un ruido apenas perceptible. Un ruido de roce, pero lejano. Cada vez se hizo más audible hasta que en un abrir y cerrar de ojos, unas figuras vestidas de diversos colores rodeo el hermoso árbol. Todos ellos eran ninfas y silfos del bosque. Se les dividía en grupos, según sus habilidades. A la derecha del árbol se encontraba unos seres, hombre y mujeres, de cabello negro y muy rizado aunque largo, y redondos y grandes ojos negros también, y su piel canela, pero a pesar de la diferencia eran igualmente bellos. Los de la izquierda, también hombres y mujeres, eran bastante opuestos. Su cabello blanco y muy liso, sus ojos azules, casi imposible distinguir el iris de la cornea, y su tez blanca. En la parte sur del árbol se encontraban otros, un grupo de en el que predominaban los hombres, los cuales tenían la piel muy morena y muy, muy delgados, y sus ojos marrones caramelo, se caracterizaban por su pelo muy corto y castaño oscuro. Y en la parte norte se encontraba otro grupo, su piel era de un tono rosa pálido, su pelo era rubio, muy largo, sus ojos eran de color verde brillante.

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